Mensaje por Yvan5 » 31 Oct 2025 08:36
Puedo equivocarme, y probablemente lo haré, pero yo creo que todo el tema se basa en el miedo (con excepciones, claro está).
Si partimos de que, como se ha dicho, los políticos suelen aceptar lo que les digan los de verde (aunque a veces les marquen la línea a seguir, no debemos olvidarlo) y éstos están destinados en la Intervención, no porque les gusten las armas o sepan de ellas, sino porque la "silla" está en Madrid, lo que peor les puede sentar es que les muevan del sitio y les destinen a la Comandancia de XXX, perdida en las Hurdes o al puesto de YYY en la frontera con Francia. Es decir, están donde están por conveniencias personales y no quieren que les muevan.
Dicho esto, pensemos. Si en una pelea un caballero o caballera desenfunda un mandoble de esos de un metro veinte de hoja y parte en dos a otro, lo primero que nuestros políticos preguntarán es si el arma estaba controlada o no, más que nada porque no se "la cuelen" los periodistas. Esa inquietud se traslada a las capas altas del "universo verde" que siente temblar su poltrona y aprietan a los de abajo, y así sucesivamente.
En ese estado de intranquilidad permanente por lo que un ciudadano/a/e/i/u pueda usar como arma, la tendencia natural puede tomar dos caminos.
El primero, convencer a los jefes (de uniforme o no) que cualquier cosa puede ser usada como un arma y que atosigar a la población con normas y prohibiciones sólo conducirá a cargarse varios deportes y un montón de puestos de trabajo, y que lo que hay que hacer es cargar contralas armas ilegales, aunque sea difícil.
El segundo es inventarse un montón de normas, que en su mayor parte no se publican como corresponde porque eso haría que los políticos se dieran cuenta de que se trabaja "a salto de mata", pero se aplican obligatoriamente a los ciudadanos. Claro que sólo a los que se preocupan de cumplir la ley, no a los otros. Así dan la impresión de controlar perfectamente un mundo que, en realidad, está descontrolado y sólo aplican normas más estrictas a los que ya cumplían las existentes, pero su poltrona no se mueve.
Parafraseando lo que decía un amigo militar, si la Dirección General estuviera en Utrera, la Intervención Central en Betanzos, Trafico en Manresa y todo así, bien disperso, se evitarían muchos problemas. Otra forma de conseguirlo sería destinando a la gente según sus méritos, pero como eso suele entenderse por caerle bien al jefe, en realidad no se arreglaría nada.
Perdón por el rollo.
Puedo equivocarme, y probablemente lo haré, pero yo creo que todo el tema se basa en el miedo (con excepciones, claro está).
Si partimos de que, como se ha dicho, los políticos suelen aceptar lo que les digan los de verde (aunque a veces les marquen la línea a seguir, no debemos olvidarlo) y éstos están destinados en la Intervención, no porque les gusten las armas o sepan de ellas, sino porque la "silla" está en Madrid, lo que peor les puede sentar es que les muevan del sitio y les destinen a la Comandancia de XXX, perdida en las Hurdes o al puesto de YYY en la frontera con Francia. Es decir, están donde están por conveniencias personales y no quieren que les muevan.
Dicho esto, pensemos. Si en una pelea un caballero o caballera desenfunda un mandoble de esos de un metro veinte de hoja y parte en dos a otro, lo primero que nuestros políticos preguntarán es si el arma estaba controlada o no, más que nada porque no se "la cuelen" los periodistas. Esa inquietud se traslada a las capas altas del "universo verde" que siente temblar su poltrona y aprietan a los de abajo, y así sucesivamente.
En ese estado de intranquilidad permanente por lo que un ciudadano/a/e/i/u pueda usar como arma, la tendencia natural puede tomar dos caminos.
El primero, convencer a los jefes (de uniforme o no) que cualquier cosa puede ser usada como un arma y que atosigar a la población con normas y prohibiciones sólo conducirá a cargarse varios deportes y un montón de puestos de trabajo, y que lo que hay que hacer es cargar contralas armas ilegales, aunque sea difícil.
El segundo es inventarse un montón de normas, que en su mayor parte no se publican como corresponde porque eso haría que los políticos se dieran cuenta de que se trabaja "a salto de mata", pero se aplican obligatoriamente a los ciudadanos. Claro que sólo a los que se preocupan de cumplir la ley, no a los otros. Así dan la impresión de controlar perfectamente un mundo que, en realidad, está descontrolado y sólo aplican normas más estrictas a los que ya cumplían las existentes, pero su poltrona no se mueve.
Parafraseando lo que decía un amigo militar, si la Dirección General estuviera en Utrera, la Intervención Central en Betanzos, Trafico en Manresa y todo así, bien disperso, se evitarían muchos problemas. Otra forma de conseguirlo sería destinando a la gente según sus méritos, pero como eso suele entenderse por caerle bien al jefe, en realidad no se arreglaría nada.
Perdón por el rollo.