Mensaje por Brugent » 10 Jul 2019 16:31
Hola:
Os paso un fragmento del inicio de la novela "Mundo del ayer" de S.Zweig", llamado "El mundo de la seguridad" en que se nos glosa el mundo seguro en que se vivía en el Imperio Austro-Húngaro antes de la 1ªGM.
Por internet podéis buscar el resto y descargaros toda la novela: yo no me atrevo a citar más palabras, para no ocupar mucho espacio del foro, pero si algún moderador me dice que puedo hacerlo, os paso unos párrafos más.
Saludos: Brugent.
Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera
Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la
más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra
monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la
duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad. Los
derechos que otorgaba a sus ciudadanos estaban garantizados por el Parlamento,
representación del pueblo libremente elegida, y todos los deberes estaban
exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austríaca, circulaba en
relucientes piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabía
cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido.
Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una
fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el
funcionario o el militar, por su lado, con toda seguridad podían encontrar en el
calendario el año en que ascendería o se jubilaría. Cada familia tenía un
presupuesto fijo, sabía cuánto tenía que gastar en vivienda y comida, en las
vacaciones de verano y en la ostentación y, además, sin falta reservaba
cuidadosamente una pequeña cantidad para imprevistos, enfermedades y
médicos. Quien tenía una casa la consideraba un hogar seguro para sus hijos y
nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación; cuando un
lactante dormía aún en la cuna, le depositaban y a un óbolo en la hucha o en la
caja de ahorros para su camino en la vida, una pequeña « reserva» para el
futuro. En aquel vasto imperio todo ocupaba su lugar, firme e inmutable, y en el
más alto de todos estaba el anciano emperador; y si éste se moría, se sabía (o se
creía saber) que vendría otro y que nada cambiaría en el bien calculado orden.
Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Todo lo radical y
violento parecía imposible en aquella era de la razón.Dicho sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de
personas, el ideal común de vida. Sólo con esta seguridad valía la pena vivir y
círculos cada vez más amplios codiciaban su parte de este bien precioso.
Hola:
Os paso un fragmento del inicio de la novela "Mundo del ayer" de S.Zweig", llamado "El mundo de la seguridad" en que se nos glosa el mundo seguro en que se vivía en el Imperio Austro-Húngaro antes de la 1ªGM.
Por internet podéis buscar el resto y descargaros toda la novela: yo no me atrevo a citar más palabras, para no ocupar mucho espacio del foro, pero si algún moderador me dice que puedo hacerlo, os paso unos párrafos más.
Saludos: Brugent.
[i]Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera
Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la
más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra
monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la
duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad. Los
derechos que otorgaba a sus ciudadanos estaban garantizados por el Parlamento,
representación del pueblo libremente elegida, y todos los deberes estaban
exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austríaca, circulaba en
relucientes piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabía
cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido.
Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una
fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el
funcionario o el militar, por su lado, con toda seguridad podían encontrar en el
calendario el año en que ascendería o se jubilaría. Cada familia tenía un
presupuesto fijo, sabía cuánto tenía que gastar en vivienda y comida, en las
vacaciones de verano y en la ostentación y, además, sin falta reservaba
cuidadosamente una pequeña cantidad para imprevistos, enfermedades y
médicos. Quien tenía una casa la consideraba un hogar seguro para sus hijos y
nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación; cuando un
lactante dormía aún en la cuna, le depositaban y a un óbolo en la hucha o en la
caja de ahorros para su camino en la vida, una pequeña « reserva» para el
futuro. En aquel vasto imperio todo ocupaba su lugar, firme e inmutable, y en el
más alto de todos estaba el anciano emperador; y si éste se moría, se sabía (o se
creía saber) que vendría otro y que nada cambiaría en el bien calculado orden.
Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Todo lo radical y
violento parecía imposible en aquella era de la razón.Dicho sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de
personas, el ideal común de vida. Sólo con esta seguridad valía la pena vivir y
círculos cada vez más amplios codiciaban su parte de este bien precioso.[/i]