Mensaje por varego » 21 Feb 2008 21:15
A colación de lo del orgullo, me viene a la cabeza una anécdota que leí hace tiempo y que, lamentablemente, no recuerdo dónde, ni he vuelto a encontrar referencia a ella.
Un teniente de navío fué hecho prisionero en la batalla de Santiago de Cuba, tras embarrancar su buque. Solicitó permiso al oficial estadounidense para bajar a tierra y acercarse a tranquilizar a su familia, que estaría lógicamente preocupada por su suerte. Le fué concedido el permiso bajo promesa de regresar al barco pasadas unas horas. El teniente estaba en su casa, con su apesadumbrada familia cuando una criada le comunicó que había un soldado americano en la puerta que requería su presencia. Indignado, pues había empeñado su palabra de oficial en su regreso, salió a la puerta, en donde, efectivamente le esperaba un marino yanky. "Esto es un insulto, he dado mi palabra de oficial español en que volvería..." El soldado aguantó el chaparrón impertérrito y después dijo en un español vacilante: "Me envía mi capitán a traerle su sable, pues piensa que es impropio de un oficial pasearse por estas calles tan concurridas, sin él".
Había caballerosidad y respeto en aquellas guerras, tanto como cuando, por orden directa del presidente filipino Emilio Aguinaldo, las tropas rindieron honores militares a los resistentes que abandonaban el sitio de Baler:
"Una vez arriada la bandera, el corneta tocó atención y aquellos valientes se aprestaron a abandonar su reducto. Los Tenientes Martín Cerezo y Vigil de Quiñones, enarbolando la Bandera Española, encabezaban una formación de soldados agotados, que de tres en fondo, y con armas sobre el hombro, abandonaban el último solar español en el Pacífico, desde marzo de 1521. Le hacían pasillo soldados filipinos en posición de presenten armas, entre asombrados e incrédulos."
A colación de lo del orgullo, me viene a la cabeza una anécdota que leí hace tiempo y que, lamentablemente, no recuerdo dónde, ni he vuelto a encontrar referencia a ella.
Un teniente de navío fué hecho prisionero en la batalla de Santiago de Cuba, tras embarrancar su buque. Solicitó permiso al oficial estadounidense para bajar a tierra y acercarse a tranquilizar a su familia, que estaría lógicamente preocupada por su suerte. Le fué concedido el permiso bajo promesa de regresar al barco pasadas unas horas. El teniente estaba en su casa, con su apesadumbrada familia cuando una criada le comunicó que había un soldado americano en la puerta que requería su presencia. Indignado, pues había empeñado su palabra de oficial en su regreso, salió a la puerta, en donde, efectivamente le esperaba un marino yanky. "Esto es un insulto, he dado mi palabra de oficial español en que volvería..." El soldado aguantó el chaparrón impertérrito y después dijo en un español vacilante: "Me envía mi capitán a traerle su sable, pues piensa que es impropio de un oficial pasearse por estas calles tan concurridas, sin él".
Había caballerosidad y respeto en aquellas guerras, tanto como cuando, por orden directa del presidente filipino Emilio Aguinaldo, las tropas rindieron honores militares a los resistentes que abandonaban el sitio de Baler:
"Una vez arriada la bandera, el corneta tocó atención y aquellos valientes se aprestaron a abandonar su reducto. Los Tenientes Martín Cerezo y Vigil de Quiñones, enarbolando la Bandera Española, encabezaban una formación de soldados agotados, que de tres en fondo, y con armas sobre el hombro, abandonaban el último solar español en el Pacífico, desde marzo de 1521. Le hacían pasillo soldados filipinos en posición de presenten armas, entre asombrados e incrédulos."