Mensaje por Antonivs » 08 Ene 2010 19:59
pues nada, continuamos la historia, aunque de esta me temo que no queden muchas entregas ya, pero ire poniendo mas artículos, siempre las canarias estuvieron en mente de unos y otros
10.- Los holandeses se apoderan de Las Palmas
Cuando el istmo de Guadarteme quedó libre de la presencia de tropas españolas los holandeses tomaron posesión del istmo aunque tuvieron que parapetarse hacia el Arrecife pues las trincheras de Santa Catalina les estaban bombardeando. Los holandeses tras unos médanos de arena comenzaron a disparar atrincherados si bien puesto que sus armas no eran de gran potencia recibían mas bajas. La escuadra entonces viendo libre la posición de desembarco envió las lanchas otra vez de regreso a la playa para desembarcar en ellas al resto de la tropa en lo cual van der Does tuvo en tierra 8000 hombres. Los hombres se esparcieron hasta ganar terreno y en cuanto van der Does tuvo la artillería y munición necesarias se dirigió a rendir la fortaleza de la Luz. La escuadra de 20 a 30 soldados mandadas por el capitán Dammas Verloo intimidó al alcaide de la fortaleza y este se rindió inmediatamente entregando la fortaleza con todo su equipamiento ante el asombro de los holandeses en perfecto estado.
Después de una actitud tan cobarde de no defender la posición frente a la escuadra ahora que tenía la posibilidad de redimirse por su actitud podía haber plantado cara al holandés con su superioridad numérica y artillera y haberle echo perder tiempo para rendir la fortaleza y dejando a sus compañeros que atacasen a las fuerzas invasoras dio su falta de juicio tan alta que no solo se rendía si no que lo hacía con todo el equipo completo y por si no era todo sin ser inutilizado. Los holandeses que no disponían de artillería pesada se asombraron de ver lo que encontraron habían dos culebrinas grandes de 68 quintales, dos cañones de batir de gran alcance de 32 libras, un cañón de batir de 47 libras, dos culebrinas bastardas de 45 libras, un sacre de 21 quintales de peso, entre las piezas menores cuatro sacres encabalgados sobre los cubelos y listos para abrir fuego, cuatro piezas de hierro de la inquisición que no estaban montadas que sumaban en total 17 piezas con un cañón que no servía. Los holandeses mas tarde asediaron la muralla norte que hubo de ser reparada en algunas partes pues aquella improvisada muralla era bastante débil.
Así caía la noche sobre la ciudad, mientras que quedaban en la muralla los capitanes y soldados, se reunían en la casa de la munición los oidores y el gobernador interino así como los inquisidores para discutir la acción a seguir sobre el enemigo. A las once quedaba la reunión enclavada y se decidía la evacuación de los archivos y demás cosas de valor ante la inminente caída del enemigo sobre la ciudad. El enemigo aquella noche intentaba ganar por avanzadillas la muralla y se realizaban escaramuzas que duraron toda la noche y así el 27 de junio al amanecer el enemigo estaba parapetado en el arsenal de San Lázaro con trincheras y parapetos de tablas. Era evidente que había que reforzarse ante la inminencia de un ataque. El cerro que estaba al descubierto había sido fortificado a toda prisa bajo la dirección de Próspero Casola y los cañones fueron emplazados en estos improvisados cubelos para ser utilizados bajo la dirección del cabo Negrete y su ayudante.
Los holandeses que habían pasado la noche sobre la playa de Santa Catalina y el espacio de San Lázaro formaron los escuadrones con 200 mosqueteros dispuestos a atacar la muralla en varios puntos. Sin embargo cuando los 5 escuadrones se pusieron en acción y pasaron frente al alcance de los cabos Negrete y Bayón dispararon y el campo quedó cubierto de cadáveres mientras los holandeses huían en desbandada. Los cañones continuaron rugiendo mientras los holandeses disparaban descargas cerradas de mosquetería sobre la muralla. Los disparos se intensificaron a lo largo de día siendo nuestra infantería la que se tenía que poner a cubierto de los cañones de grueso calibre que utilizaban los holandeses contra las posiciones de la muralla. Siendo esta tan nutrida que se tuvo que evacuar esa parte de la muralla. Durante toda la tarde prosiguió el fuego cruzado siendo más mortífero el canario por la posición avanzada de los naturales al concentrar sus fuerzas más favorables. Al caer la noche la muralla aún resistía.
El 28 de junio los holandeses comenzaron a barrer las posiciones que servían de apoyo a la muralla entre ellas el castillo de Santa Ana cuya puerta había sido tapiada para evitar que el enemigo se apoderara de ella. El fuego cruzado fue intensísimo y los holandeses tuvieron grandes bajas. Durante cinco horas los holandeses castigaron sin interrupción a la muralla y al castillo cuyas muestras eran más que evidentes de debilidad. En la muralla comenzaban a aparecer grietas. El castillo de Santa Ana comenzó a tener grandes bajas. En la muralla la munición comenzó a escasear por instantes disparando munición de madera que causó más daño que las bolas de plomo que se hicieron fundir que fueron por desgracia inservibles.
La poca munición encontrada en la ciudad era tan menuda que había que cargar varias de estas en la pieza para que salieran a gran velocidad. El castillo de Santa Ana que esperaba refuerzos fue evacuado por los hombres que rompiendo la pared de la puerta y la propia puerta se dispersaron las llaves de la fortaleza habían sido lanzadas al mar para evitar que el enemigo entrara. Los daños eran tales que había brechas por las cuales se veía lo que pasaba al otro lado. Después la muralla comenzó a ser abandonada mientras los puestos callaban por el nutrido fuego y los hombres abandonaban la muralla para luego ir a la ciudad a rescatar lo que pudieran.
Los cerros que servían de defensa a la ciudad fueron barridos uno a uno mientras los defensores se encargaban de sacar todos los cañones para evitar ser capturados por el enemigo, a aquellos que no se les pudo trasportar por falta de medios fueron inutilizados. La ciudad caía aquella fatídica tarde pero no queda constancia de la hora. Los holandeses entraron a la ciudad por diferentes puntos menos por la puerta de Triana que se mantenía intacta y que no pudieron abrir debido al gran número de cascotes que la cubrían. La muralla fue ganada por las escalas si bien tanto aparato sobraba pues no quedaba nadie para defenderla y aparte había brechas en la misma para entrar.
La bandera del príncipe de Orange- Nassau fue colocado en lo alto de la torre para demostrar la posesión de la misma. La ciudad estaba desierta como una ciudad fantasma pues los moradores hacían de tripas corazón esperando la venganza para volver a recuperar el dominio de la ciudad y expulsar al enemigo. Van der Does además quiso afianzar la posición de la ciudad sobre los defensores trasladando toda la artillería a la misma para defenderla. Los únicos habitantes que encontraron los holandeses eran los prisioneros de la cárcel de la inquisición que incluía varios ingleses y holandeses algunos de ellos de Flesinga uno de los cuales se había escapado al ver el desconcierto de la ciudad y que cuando los holandeses entraron a la misma se dirigió hacia ellos dando gritos y muestras de alegría hacia sus compatriotas. Van der Does entonces autorizó el saqueo de la ciudad que no dio el resultado esperado por haberse evacuado todo lo de valor exceptuando los muebles y demás que no podía ser llevado.
11.- La resistencia y la victoria canaria sobre el enemigo
Mientras la ciudad era ganada por el enemigo los oidores, regentes, la Audiencia y las milicias trasladaban todo lo de valor a Santa Brígida que sería el cuartel de la resistencia. Se dio orden de atrapar a todo aquel miliciano pero la medida no fue necesaria pues iban hacia allá todos los que estaban dispersos y comenzaban a agruparse. Los últimos en venir fueron los milicianos de la ciudad con el teniente Pamochamoso que fue a ver al gobernador Alvarado para informarle de la situación de la caída de la ciudad. Se dio orden de que todas las milicias se concentrasen en Santa Brígida y de que se hostigase al enemigo sin tregua ni compasión en forma de batidas y pequeñas escaramuzas valiéndose los aldeanos de un superior conocimiento del terreno. Este aspecto se puso en práctica la noche del 28 de junio y obtuvo resultados moderados pues consiguieron dispersar algunos grupos de patrulla enemiga que estaban rondando cerca y dieron muerte a algunos de ellos.
El 29 de junio se recibía la carta de van der Does en las cuales se daba una serie de condiciones sobre el rescate de la ciudad así como las argumentaciones sobre la conquista de la ciudad así sobre los trámites del rescate así como para decir que la había ganado para los señores estados. La carta no causó gran impresión entre los que estaban reunidos y se acordó devolverla a van der Does por estar mal echa y aparte por lo insultante de su contenido. En realidad se hacía tiempo para organizar la defensa para repeler al invasor que tan injustamente se había apoderado de la ciudad y cuya rabia y odio al enemigo se acrecentaba por momentos. Esa jornada además van der Does quiso realizar una expedición a la Vega pero fracasó dejando más de 20 muertos en el camino.
El género de guerra puesto por los defensores viendo que las fuerzas no eran aún grandes fue de guerrillas. Los canarios aprovechando los accidentes del terreno se dieron a una guerra sin cuartel contra el holandés de forma que todas aquellas divisiones que se alejaban de la ciudad para vigilar eran atacadas sin piedad por estos que aprovechando cualquier escondite esperaban y luego se abalanzaban sobre ellos sin ni siquiera capacidad de respuesta, para cuando la siguiente patrulla llegaba solo se encontraban los cadáveres y los atacantes habían desaparecido, en la ciudad comenzaron también las escaramuzas contra los vigías y así se los mataron varias veces, el género de inquietud que estaban alcanzando fue tal que se debió emplazar una compañía completa en la ciudad para evitar tales ataques y proteger a los centinelas. Ese mismo día se tuvo constancia de que los holandeses querían atacar Tenerife, se quiso enviar un aviso a Tenerife pero fue bastante providencial pues un aviso de esta isla atracaba en el puerto del Juncal y Lope de Mesa se embarcó en el para informar al cabildo de Tenerife para avisar del peligro y las fuerzas del holandés. En este navío solo iba como compañero el patrón de la embarcación Lucas Delgado que en la anterior ocasión demostró su valía contra el enemigo, y que amparados por la noche y navegando a remo y vela toda la noche desembarcan en Santa Cruz. Los informes detuvieron a las compañías expedicionarias próximas a salir y se enviaron avisos urgentes a El Hierro, La Palma y La Gomera, así como la metrópoli y las colonias para advertir del peligro.
El miércoles 30 de junio van der Does dio orden de embarcar el botín en los galeones del puerto para que en caso de sorpresa salir a toda máquina. Van Der Does entonces envió otra carta sobre el rescate de la ciudad amenazando con pegar fuego a la misma y pasar por el cuchillo a todos los que había. En aquel momento además se tuvo conciencia de la llegada de la habitual flota de Nueva España, se consideró oportuno entretener al holandés para que no atacara a la flota y se dedicaron a parlamentar con el tan solo de puro entretenimiento mientras la flota pasaba sin tocar las islas y se preparaban para la revancha las tropas de Santa Brígida. Van der Does pedía un rescate de la ciudad de 400.000 ducados, así como anualmente 10.000 ducados por la posesión de los señores estados de la isla de Gran Canaria sí de las otras que pudieran tener así como liberar a los presos de la inquisición si se cumplía todo esto la magnánima persona de los señores estados daba libertad a los canarios de volver a sus haciendas. Ese mismo día las compañías de Galdar y Guía se estacionaban cerca de la ciudad sitiada para reconocer los movimientos del enemigo. El tiempo pasaba y van der Does se impacientaba pues todo era una calma absoluta, no tenía noticia de los emisarios y si bien había habido algún movimiento no era de la misma virulencia que los anteriores, van der Does decidió dar una aparatosa ceremonia luterana en la Iglesia Catedral celebrando la aparente victoria y pidiendo ayuda para las siguientes empresas.
Los días 1 y 2 de julio se mantuvo el mismo ambiente tan solo interrumpido por algunas escaramuzas, el jueves envió emisarios de nuevo al cuartel general de Santa Brígida para ver como estaba el asunto del dinero mencionando las dichas amenazas de pegar fuego a la ciudad si el viernes no se hacía cumplida en efectivo. La audiencia contesto que hiciera lo que hiciera la gente de la isla se defendería. Las fingidas negociaciones quedaron rotas si bien el cronista holandés Joostens van Heede da por supuesto que los canarios iniciaron las negociaciones de rescate ofreciendo vino a los holandeses. Considerando ya en la realidad un ataque holandés al interior de la isla la vigilancia se redobló.
La orden de la Audiencia, que bajo pena de muerte amenazaba a los naturales que no acudiesen en defensa de la isla, no surtió mucha importancia pues tan solo se pudo reunir a 300 personas para la inminente batalla del Lentiscal. Durante el 2 de julio se concentraron las tropas de Galdar, Guía, Telde y Agüimes así como a la compañía de la ciudad al mando de Martel Peraza de Ayala que había vuelto de Tenerife. La situación estaba en estado de máxima tensión y así a las 11 de la mañana del sábado 3 de julio de 1599 se vio una importante formación de 4000 hombres avanzando en cuatro compañías distintas hacia el interior de la isla, acuciadas por la idea de que las riquezas estaban en el interior de la isla.
Y así avanzaban hacia la Vega. Las compañías de Galdar y de Guía se replegaban hacia el monte Lentiscal para establecer el contacto con las fuerzas españolas apostadas allí. Pamochamoso por su parte se fue replegando también hacia el monte Lentiscal para conocer de primera mano los movimientos del enemigo y su proximidad. La batalla del monte Lentiscal salvó in extremis a la isla pues Pamochamoso y los capitanes urgieron un sistema de defensa basado en ocultar al enemigo la verdadera fuerza de que contaban (un puñado de hombres) frente a los 4000 que se dan tanto en las crónicas holandesas como españolas. Se ocuparon de obstruir el paso a los holandeses impidiendo ganar terreno, ello se consiguió mediante la estratagema de tocar tambores y enarbolar banderas tocando a combate, que paró en seco a las fuerzas invasoras, ello unido al ataque que se realizaba desde los árboles y matorrales manteniendo incontable ruido y siempre oculto a los ojos del enemigo y su sistema de ataque por grupos unidos al heroísmo de los hombres, su astucia, el valor desplegado y el engaño obtuvo un rotundo éxito sobre las fuerzas holandesas que tras las bajas que tuvieron se replegaron y salieron en desbandada creyendo que se enfrentaban a un enemigo mayor. La diferencia de los defensores y los invasores tan grande contribuyó a ensalzar la hazaña demostrado por el temple y el brío de los defensores que a la desesperada consiguieron en aquellas horas conjurar el peligro holandés. Antonio Rumeu de Armas dice al respecto:
La isla de Gran Canaria puede decirse que se salvó para España en aquellas decisivas horas, en aquella gloriosa jornada. Jamás, ni antes ni después de su historia, estuvo tan a riesgo de romper, aun a costa de su sangre, los vínculos que la unían con la patria.
El encuentro del monte Lentiscal se había desarrollado con un ritmo tan vertiginoso que nunca se perdió el contacto entre los defensores y el invasor sobre todo por el primero que hostigaba a aquél en la retaguardia y los flancos, la entrada en la ciudad se hizo a toda prisa transportando a algunos muertos y heridos de la batalla y sembró la alarma entre los capitanes que no esperaban aquella resolución. Van der Does ante el cariz de la situación ordenó la evacuación de la ciudad no demorándola si no lo suficiente para el traslado del botín robado. Lleno de rabia ordenó el feroz saqueo de la ciudad desmontando el reloj y las campanas de la catedral, los ornamentos sagrados, objetos preciosos, los pergaminos y documentos del archivo catedral y luego destrozaron con furor iconoclasta todos los retablos, altares, el púlpito, parte del coro, el órgano, la pila bautismal, una talla de madera de gran valor artístico y los libros de canto, el templo en su estructura se salvó por no poder destruirlo a tiempo. Se dedicaron a igual saqueo el palacio episcopal, las casas de la audiencia, el Cabildo e Inquisición y se desalojaron además las piezas de la artillería principal. Así como de las fortalezas consumando a la ruina la destrucción del fuerte de Santa Ana al que volaron con un barril de pólvora. Y en la fortaleza principal todo lo que podía ser quemado. Las fuerzas defensivas se encontraban ya cerca de la ciudad y durmieron a los pies de la misma.
El domingo 4 de julio, van der Does abandonó las Palmas en dirección a la escuadra pero dejando a la soldadesca al cargo de incendiar la ciudad. Cuando las columnas de humo se comenzaron a elevar sobre la ciudad las tropas se agruparon y entraron en la ciudad al mando de Pamochamoso para evitar la ruina de la ciudad. Aquellos que quisieron continuar con la obra incendiara lo pagaron con su vida pues los naturales caían sobre ellos en masa mientras los soldados holandeses huían dejando incluso los objetos de valor que tenían pensado embarcar, la sorpresa holandesa fue mayúscula pues no creían que los españoles se atrevería a iniciar el asalto a la ciudad.
La artillería preparada para el embarco se tuvo que quedar en la caleta pues no dio tiempo de embarque. Total que para el 4 de julio hacia el medio día la isla quedaba libre de la presencia holandesa pero la escuadra se quedaba amenazante en el puerto. El fuego que ardía violentamente en la ciudad pudo ser sofocado ascendiendo los daños en total de todo el conjunto de edificios, fortificaciones y avituallamiento a 93.000 ducados. Si bien Rumeu da la cifra de 150.000 ducados en torno a los que puede evaluarse. La escuadra Holandesa permaneció en el puerto hasta el 8 de julio fecha en la cual se dio a la mar. Las bajas holandesas incluían varias lanchas 8 en total, planudas destruidas, y dos navíos uno de ellos una almiranta. Así pues van der Does abandonaba el escenario el 10 de julio para no regresar jamás.
pues nada, continuamos la historia, aunque de esta me temo que no queden muchas entregas ya, pero ire poniendo mas artículos, siempre las canarias estuvieron en mente de unos y otros
10.- Los holandeses se apoderan de Las Palmas
Cuando el istmo de Guadarteme quedó libre de la presencia de tropas españolas los holandeses tomaron posesión del istmo aunque tuvieron que parapetarse hacia el Arrecife pues las trincheras de Santa Catalina les estaban bombardeando. Los holandeses tras unos médanos de arena comenzaron a disparar atrincherados si bien puesto que sus armas no eran de gran potencia recibían mas bajas. La escuadra entonces viendo libre la posición de desembarco envió las lanchas otra vez de regreso a la playa para desembarcar en ellas al resto de la tropa en lo cual van der Does tuvo en tierra 8000 hombres. Los hombres se esparcieron hasta ganar terreno y en cuanto van der Does tuvo la artillería y munición necesarias se dirigió a rendir la fortaleza de la Luz. La escuadra de 20 a 30 soldados mandadas por el capitán Dammas Verloo intimidó al alcaide de la fortaleza y este se rindió inmediatamente entregando la fortaleza con todo su equipamiento ante el asombro de los holandeses en perfecto estado.
Después de una actitud tan cobarde de no defender la posición frente a la escuadra ahora que tenía la posibilidad de redimirse por su actitud podía haber plantado cara al holandés con su superioridad numérica y artillera y haberle echo perder tiempo para rendir la fortaleza y dejando a sus compañeros que atacasen a las fuerzas invasoras dio su falta de juicio tan alta que no solo se rendía si no que lo hacía con todo el equipo completo y por si no era todo sin ser inutilizado. Los holandeses que no disponían de artillería pesada se asombraron de ver lo que encontraron habían dos culebrinas grandes de 68 quintales, dos cañones de batir de gran alcance de 32 libras, un cañón de batir de 47 libras, dos culebrinas bastardas de 45 libras, un sacre de 21 quintales de peso, entre las piezas menores cuatro sacres encabalgados sobre los cubelos y listos para abrir fuego, cuatro piezas de hierro de la inquisición que no estaban montadas que sumaban en total 17 piezas con un cañón que no servía. Los holandeses mas tarde asediaron la muralla norte que hubo de ser reparada en algunas partes pues aquella improvisada muralla era bastante débil.
Así caía la noche sobre la ciudad, mientras que quedaban en la muralla los capitanes y soldados, se reunían en la casa de la munición los oidores y el gobernador interino así como los inquisidores para discutir la acción a seguir sobre el enemigo. A las once quedaba la reunión enclavada y se decidía la evacuación de los archivos y demás cosas de valor ante la inminente caída del enemigo sobre la ciudad. El enemigo aquella noche intentaba ganar por avanzadillas la muralla y se realizaban escaramuzas que duraron toda la noche y así el 27 de junio al amanecer el enemigo estaba parapetado en el arsenal de San Lázaro con trincheras y parapetos de tablas. Era evidente que había que reforzarse ante la inminencia de un ataque. El cerro que estaba al descubierto había sido fortificado a toda prisa bajo la dirección de Próspero Casola y los cañones fueron emplazados en estos improvisados cubelos para ser utilizados bajo la dirección del cabo Negrete y su ayudante.
Los holandeses que habían pasado la noche sobre la playa de Santa Catalina y el espacio de San Lázaro formaron los escuadrones con 200 mosqueteros dispuestos a atacar la muralla en varios puntos. Sin embargo cuando los 5 escuadrones se pusieron en acción y pasaron frente al alcance de los cabos Negrete y Bayón dispararon y el campo quedó cubierto de cadáveres mientras los holandeses huían en desbandada. Los cañones continuaron rugiendo mientras los holandeses disparaban descargas cerradas de mosquetería sobre la muralla. Los disparos se intensificaron a lo largo de día siendo nuestra infantería la que se tenía que poner a cubierto de los cañones de grueso calibre que utilizaban los holandeses contra las posiciones de la muralla. Siendo esta tan nutrida que se tuvo que evacuar esa parte de la muralla. Durante toda la tarde prosiguió el fuego cruzado siendo más mortífero el canario por la posición avanzada de los naturales al concentrar sus fuerzas más favorables. Al caer la noche la muralla aún resistía.
El 28 de junio los holandeses comenzaron a barrer las posiciones que servían de apoyo a la muralla entre ellas el castillo de Santa Ana cuya puerta había sido tapiada para evitar que el enemigo se apoderara de ella. El fuego cruzado fue intensísimo y los holandeses tuvieron grandes bajas. Durante cinco horas los holandeses castigaron sin interrupción a la muralla y al castillo cuyas muestras eran más que evidentes de debilidad. En la muralla comenzaban a aparecer grietas. El castillo de Santa Ana comenzó a tener grandes bajas. En la muralla la munición comenzó a escasear por instantes disparando munición de madera que causó más daño que las bolas de plomo que se hicieron fundir que fueron por desgracia inservibles.
La poca munición encontrada en la ciudad era tan menuda que había que cargar varias de estas en la pieza para que salieran a gran velocidad. El castillo de Santa Ana que esperaba refuerzos fue evacuado por los hombres que rompiendo la pared de la puerta y la propia puerta se dispersaron las llaves de la fortaleza habían sido lanzadas al mar para evitar que el enemigo entrara. Los daños eran tales que había brechas por las cuales se veía lo que pasaba al otro lado. Después la muralla comenzó a ser abandonada mientras los puestos callaban por el nutrido fuego y los hombres abandonaban la muralla para luego ir a la ciudad a rescatar lo que pudieran.
Los cerros que servían de defensa a la ciudad fueron barridos uno a uno mientras los defensores se encargaban de sacar todos los cañones para evitar ser capturados por el enemigo, a aquellos que no se les pudo trasportar por falta de medios fueron inutilizados. La ciudad caía aquella fatídica tarde pero no queda constancia de la hora. Los holandeses entraron a la ciudad por diferentes puntos menos por la puerta de Triana que se mantenía intacta y que no pudieron abrir debido al gran número de cascotes que la cubrían. La muralla fue ganada por las escalas si bien tanto aparato sobraba pues no quedaba nadie para defenderla y aparte había brechas en la misma para entrar.
La bandera del príncipe de Orange- Nassau fue colocado en lo alto de la torre para demostrar la posesión de la misma. La ciudad estaba desierta como una ciudad fantasma pues los moradores hacían de tripas corazón esperando la venganza para volver a recuperar el dominio de la ciudad y expulsar al enemigo. Van der Does además quiso afianzar la posición de la ciudad sobre los defensores trasladando toda la artillería a la misma para defenderla. Los únicos habitantes que encontraron los holandeses eran los prisioneros de la cárcel de la inquisición que incluía varios ingleses y holandeses algunos de ellos de Flesinga uno de los cuales se había escapado al ver el desconcierto de la ciudad y que cuando los holandeses entraron a la misma se dirigió hacia ellos dando gritos y muestras de alegría hacia sus compatriotas. Van der Does entonces autorizó el saqueo de la ciudad que no dio el resultado esperado por haberse evacuado todo lo de valor exceptuando los muebles y demás que no podía ser llevado.
11.- La resistencia y la victoria canaria sobre el enemigo
Mientras la ciudad era ganada por el enemigo los oidores, regentes, la Audiencia y las milicias trasladaban todo lo de valor a Santa Brígida que sería el cuartel de la resistencia. Se dio orden de atrapar a todo aquel miliciano pero la medida no fue necesaria pues iban hacia allá todos los que estaban dispersos y comenzaban a agruparse. Los últimos en venir fueron los milicianos de la ciudad con el teniente Pamochamoso que fue a ver al gobernador Alvarado para informarle de la situación de la caída de la ciudad. Se dio orden de que todas las milicias se concentrasen en Santa Brígida y de que se hostigase al enemigo sin tregua ni compasión en forma de batidas y pequeñas escaramuzas valiéndose los aldeanos de un superior conocimiento del terreno. Este aspecto se puso en práctica la noche del 28 de junio y obtuvo resultados moderados pues consiguieron dispersar algunos grupos de patrulla enemiga que estaban rondando cerca y dieron muerte a algunos de ellos.
El 29 de junio se recibía la carta de van der Does en las cuales se daba una serie de condiciones sobre el rescate de la ciudad así como las argumentaciones sobre la conquista de la ciudad así sobre los trámites del rescate así como para decir que la había ganado para los señores estados. La carta no causó gran impresión entre los que estaban reunidos y se acordó devolverla a van der Does por estar mal echa y aparte por lo insultante de su contenido. En realidad se hacía tiempo para organizar la defensa para repeler al invasor que tan injustamente se había apoderado de la ciudad y cuya rabia y odio al enemigo se acrecentaba por momentos. Esa jornada además van der Does quiso realizar una expedición a la Vega pero fracasó dejando más de 20 muertos en el camino.
El género de guerra puesto por los defensores viendo que las fuerzas no eran aún grandes fue de guerrillas. Los canarios aprovechando los accidentes del terreno se dieron a una guerra sin cuartel contra el holandés de forma que todas aquellas divisiones que se alejaban de la ciudad para vigilar eran atacadas sin piedad por estos que aprovechando cualquier escondite esperaban y luego se abalanzaban sobre ellos sin ni siquiera capacidad de respuesta, para cuando la siguiente patrulla llegaba solo se encontraban los cadáveres y los atacantes habían desaparecido, en la ciudad comenzaron también las escaramuzas contra los vigías y así se los mataron varias veces, el género de inquietud que estaban alcanzando fue tal que se debió emplazar una compañía completa en la ciudad para evitar tales ataques y proteger a los centinelas. Ese mismo día se tuvo constancia de que los holandeses querían atacar Tenerife, se quiso enviar un aviso a Tenerife pero fue bastante providencial pues un aviso de esta isla atracaba en el puerto del Juncal y Lope de Mesa se embarcó en el para informar al cabildo de Tenerife para avisar del peligro y las fuerzas del holandés. En este navío solo iba como compañero el patrón de la embarcación Lucas Delgado que en la anterior ocasión demostró su valía contra el enemigo, y que amparados por la noche y navegando a remo y vela toda la noche desembarcan en Santa Cruz. Los informes detuvieron a las compañías expedicionarias próximas a salir y se enviaron avisos urgentes a El Hierro, La Palma y La Gomera, así como la metrópoli y las colonias para advertir del peligro.
El miércoles 30 de junio van der Does dio orden de embarcar el botín en los galeones del puerto para que en caso de sorpresa salir a toda máquina. Van Der Does entonces envió otra carta sobre el rescate de la ciudad amenazando con pegar fuego a la misma y pasar por el cuchillo a todos los que había. En aquel momento además se tuvo conciencia de la llegada de la habitual flota de Nueva España, se consideró oportuno entretener al holandés para que no atacara a la flota y se dedicaron a parlamentar con el tan solo de puro entretenimiento mientras la flota pasaba sin tocar las islas y se preparaban para la revancha las tropas de Santa Brígida. Van der Does pedía un rescate de la ciudad de 400.000 ducados, así como anualmente 10.000 ducados por la posesión de los señores estados de la isla de Gran Canaria sí de las otras que pudieran tener así como liberar a los presos de la inquisición si se cumplía todo esto la magnánima persona de los señores estados daba libertad a los canarios de volver a sus haciendas. Ese mismo día las compañías de Galdar y Guía se estacionaban cerca de la ciudad sitiada para reconocer los movimientos del enemigo. El tiempo pasaba y van der Does se impacientaba pues todo era una calma absoluta, no tenía noticia de los emisarios y si bien había habido algún movimiento no era de la misma virulencia que los anteriores, van der Does decidió dar una aparatosa ceremonia luterana en la Iglesia Catedral celebrando la aparente victoria y pidiendo ayuda para las siguientes empresas.
Los días 1 y 2 de julio se mantuvo el mismo ambiente tan solo interrumpido por algunas escaramuzas, el jueves envió emisarios de nuevo al cuartel general de Santa Brígida para ver como estaba el asunto del dinero mencionando las dichas amenazas de pegar fuego a la ciudad si el viernes no se hacía cumplida en efectivo. La audiencia contesto que hiciera lo que hiciera la gente de la isla se defendería. Las fingidas negociaciones quedaron rotas si bien el cronista holandés Joostens van Heede da por supuesto que los canarios iniciaron las negociaciones de rescate ofreciendo vino a los holandeses. Considerando ya en la realidad un ataque holandés al interior de la isla la vigilancia se redobló.
La orden de la Audiencia, que bajo pena de muerte amenazaba a los naturales que no acudiesen en defensa de la isla, no surtió mucha importancia pues tan solo se pudo reunir a 300 personas para la inminente batalla del Lentiscal. Durante el 2 de julio se concentraron las tropas de Galdar, Guía, Telde y Agüimes así como a la compañía de la ciudad al mando de Martel Peraza de Ayala que había vuelto de Tenerife. La situación estaba en estado de máxima tensión y así a las 11 de la mañana del sábado 3 de julio de 1599 se vio una importante formación de 4000 hombres avanzando en cuatro compañías distintas hacia el interior de la isla, acuciadas por la idea de que las riquezas estaban en el interior de la isla.
Y así avanzaban hacia la Vega. Las compañías de Galdar y de Guía se replegaban hacia el monte Lentiscal para establecer el contacto con las fuerzas españolas apostadas allí. Pamochamoso por su parte se fue replegando también hacia el monte Lentiscal para conocer de primera mano los movimientos del enemigo y su proximidad. La batalla del monte Lentiscal salvó in extremis a la isla pues Pamochamoso y los capitanes urgieron un sistema de defensa basado en ocultar al enemigo la verdadera fuerza de que contaban (un puñado de hombres) frente a los 4000 que se dan tanto en las crónicas holandesas como españolas. Se ocuparon de obstruir el paso a los holandeses impidiendo ganar terreno, ello se consiguió mediante la estratagema de tocar tambores y enarbolar banderas tocando a combate, que paró en seco a las fuerzas invasoras, ello unido al ataque que se realizaba desde los árboles y matorrales manteniendo incontable ruido y siempre oculto a los ojos del enemigo y su sistema de ataque por grupos unidos al heroísmo de los hombres, su astucia, el valor desplegado y el engaño obtuvo un rotundo éxito sobre las fuerzas holandesas que tras las bajas que tuvieron se replegaron y salieron en desbandada creyendo que se enfrentaban a un enemigo mayor. La diferencia de los defensores y los invasores tan grande contribuyó a ensalzar la hazaña demostrado por el temple y el brío de los defensores que a la desesperada consiguieron en aquellas horas conjurar el peligro holandés. Antonio Rumeu de Armas dice al respecto:
La isla de Gran Canaria puede decirse que se salvó para España en aquellas decisivas horas, en aquella gloriosa jornada. Jamás, ni antes ni después de su historia, estuvo tan a riesgo de romper, aun a costa de su sangre, los vínculos que la unían con la patria.
El encuentro del monte Lentiscal se había desarrollado con un ritmo tan vertiginoso que nunca se perdió el contacto entre los defensores y el invasor sobre todo por el primero que hostigaba a aquél en la retaguardia y los flancos, la entrada en la ciudad se hizo a toda prisa transportando a algunos muertos y heridos de la batalla y sembró la alarma entre los capitanes que no esperaban aquella resolución. Van der Does ante el cariz de la situación ordenó la evacuación de la ciudad no demorándola si no lo suficiente para el traslado del botín robado. Lleno de rabia ordenó el feroz saqueo de la ciudad desmontando el reloj y las campanas de la catedral, los ornamentos sagrados, objetos preciosos, los pergaminos y documentos del archivo catedral y luego destrozaron con furor iconoclasta todos los retablos, altares, el púlpito, parte del coro, el órgano, la pila bautismal, una talla de madera de gran valor artístico y los libros de canto, el templo en su estructura se salvó por no poder destruirlo a tiempo. Se dedicaron a igual saqueo el palacio episcopal, las casas de la audiencia, el Cabildo e Inquisición y se desalojaron además las piezas de la artillería principal. Así como de las fortalezas consumando a la ruina la destrucción del fuerte de Santa Ana al que volaron con un barril de pólvora. Y en la fortaleza principal todo lo que podía ser quemado. Las fuerzas defensivas se encontraban ya cerca de la ciudad y durmieron a los pies de la misma.
El domingo 4 de julio, van der Does abandonó las Palmas en dirección a la escuadra pero dejando a la soldadesca al cargo de incendiar la ciudad. Cuando las columnas de humo se comenzaron a elevar sobre la ciudad las tropas se agruparon y entraron en la ciudad al mando de Pamochamoso para evitar la ruina de la ciudad. Aquellos que quisieron continuar con la obra incendiara lo pagaron con su vida pues los naturales caían sobre ellos en masa mientras los soldados holandeses huían dejando incluso los objetos de valor que tenían pensado embarcar, la sorpresa holandesa fue mayúscula pues no creían que los españoles se atrevería a iniciar el asalto a la ciudad.
La artillería preparada para el embarco se tuvo que quedar en la caleta pues no dio tiempo de embarque. Total que para el 4 de julio hacia el medio día la isla quedaba libre de la presencia holandesa pero la escuadra se quedaba amenazante en el puerto. El fuego que ardía violentamente en la ciudad pudo ser sofocado ascendiendo los daños en total de todo el conjunto de edificios, fortificaciones y avituallamiento a 93.000 ducados. Si bien Rumeu da la cifra de 150.000 ducados en torno a los que puede evaluarse. La escuadra Holandesa permaneció en el puerto hasta el 8 de julio fecha en la cual se dio a la mar. Las bajas holandesas incluían varias lanchas 8 en total, planudas destruidas, y dos navíos uno de ellos una almiranta. Así pues van der Does abandonaba el escenario el 10 de julio para no regresar jamás.